Opinión

El lector tiene la última palabra

Edmundo Moure | 21 de noviembre de 2016

Para mi hija Sol

En el agitado mundo de la literatura se da mucha importancia a la opinión de los críticos, sobre todo de aquellos que ejercen su oficio desde medios de comunicación poderosos e influyentes; no viene al caso nombrar los nuestros, en este Chile donde los escritores tenemos poquísimas opciones de darnos a conocer o de publicar algún artículo o crónica de ocasión. En cuanto a la llamada “crítica académica”, su influjo es menor, porque no sale de los ámbitos universitarios ni llega al grueso público de lectores, el último eslabón en la cadena que se inicia desde el escondrijo más o menos secreto del escriba.
Y es éste, el lector anónimo que adquiere y deglute la obra, quien tiene la última palabra en el juicio emitido como destinatario final, considerando también, como lo dijeran Borges y Cortázar –entre otros– que el oficio de leer con propiedad complementa, de algún modo, el trabajo del creador literario. Es difícil concebir un escritor sin lectores, aunque se diga que existen autores que escriben para sí mismos y les importa un rábano lo que el resto piense de su escritura.
Durante las tres décadas en que Alone (Hernán Díaz Arrieta) ejerciera como virtual pontífice de la crítica literaria chilena, desde las páginas dominicales de El Mercurio, muchos lectores acataban sus juicios literarios como una pauta o regla de uso práctico. Así, desde el lunes siguiente a la publicación de una crítica favorable, los lectores llegaban a las principales librerías de Santiago para comprar el libro encomiado por el adusto maestro. Existía una relación “publicidad-venta” que hubiese encantado a cualquiera de los neoliberales fundamentalistas que pululan en nuestra sociedad consumista. 
No siempre coincidirían los lectores con el veredicto del cronista dominical, porque Alone, como juez “impresionista” de lo que leía, solía no dar en el clavo, máxime cuando se trataba de elogiar a cercanos u amigos íntimos. Y así como denostó o trató con menoscabo a creadores de la talla de Pablo de Rokha, para emplear un ejemplo de los más aberrantes, ensalzó a poetastros y sonetistas de salón que hoy duermen en la voluminosa biblioteca del olvido.
Borges opinaba que era más difícil encontrar un buen lector que un buen escritor. Como una de las facetas de esa falsa modestia a la que fuera tan proclive, estuvo la de definirse a sí mismo, antes que como el superlativo escritor que fue, como un eximio lector, lo que puede resultar veraz para quien pasara gran parte de su existencia en el recinto mágico e infinito de la biblioteca, entregado por completo al amor por la palabra.
En mis tiempos, el lector se forjaba en el seno de la familia, bajo el certero “efecto de mostración” de los padres que leían, cuando en cualquier casa de clase media o aun proletaria se alzaba un estante de libros en el salón o sala o dormitorio. El libro de papel era parte consustancial de la cultura, apoyo en los estudios escolares y universitarios, amén de solaz individual y artilugio imprescindible para despertar el júbilo de comprender.
Heredamos esta bendita afición o “vicio impune”, como también se le denomina. Hemos hecho lo posible por traspasar el hábito a nuestros hijos y nietos, no siempre con resultados óptimos, pues, como se sabe, el maridaje libro-lectura tiene hoy poderosos rivales en el mundo cibernético, por una parte; burdos intereses materialistas, por otra, que provocan un creciente desinterés por el oficio lector, entendiendo este acto como el disfrute moroso de las palabras que lees y te leen, como si de una conjunción amorosa se tratase.
Cuando mi hija Sol concluía su enseñanza media, debió leer, como encomienda escolar, la novela Nunca enamores a un forastero, de Ramón Díaz Eterovic, libro que le produjo auténtica fascinación, al punto que me pidió le regalase La ciudad está triste. Luego también devoró La música de la soledad. Al enterarse de que con Ramón fuimos compañeros de oficio y de avatares gremiales en la Sociedad de Escritores de Chile, me pidió que se lo presentara; era para ella un escritor más interesante que el que tenía en casa... Traté de disuadirla, diciéndole que no era para tanto, pero su pertinacia, de posible origen gallego, pudo más que mis celos de humilde escriba. 
Finalmente, logré satisfacerla el viernes 4 de noviembre, en la Feria Internacional del Libro de Santiago 2016, llevándola a la presentación o “lanzamiento” de su más reciente novela, Los fuegos del pasado, que adquirí para ella, autografiada por el genial dúo Díaz Eterovic-Heredia, porque a estas alturas debemos entender que el famoso detective Heredia es el perfecto alter ego de Ramón o su heterónimo, como suscribiría Fernando Pessoa. 
Mi hija menor no cabía en sí de gozo y así luce en una fotografía con un Ramón Díaz Eterovic más grueso y maduro (vamos, que nació apenas en 1956), que se nos está volviendo algo nostálgico (remítanse al título de la última narración), mientras pugna por otorgar setenta veces siete vidas a su emblemático y proverbial gato Simenon, quien ha ido adquiriendo cada vez más importancia en la trama de las dieciséis novelas (sí, dieciséis, ni una más ni una menos) de nuestro prolífico y fino narrador; Simenon, como Sancho en El Ingenioso Hidalgo, va camino de superar a su amo en cuanto a preferencia y atención de los lectores. 
Ramón Díaz Eterovic ostenta el mérito, tan indiscutible como envidiable, de cautivar a lectores jóvenes, lo que resulta cada vez menos viable para muchos narradores nuestros, que parecen (parecemos) escribir para un público mayor o más viejo, o que simplemente terminamos leyéndonos entre nosotros, en estrecho círculo de cofradía, sin proyectarnos a lectores más actuales. Por otra parte, Ramón ha sido capaz de entregar, a través de su larga saga policíaca, una visión histórica y sociológica de Chile en un periodo de casi cuatro décadas, lo que otorga a su obra un carácter de testimonio de primera mano. Un logro estético que le distingue y enaltece, sin duda, corroborado por premios y galardones, junto a la traducción de varias de sus novelas a otras lenguas.
Camino de casa, mi hija Sol me dice: –Parece que esta novela es muy buena. ¿Escuchaste lo que comentaron en la presentación? –Sí, por supuesto –le digo, y ella sentencia: –Ramón es un excelente escritor.
A punto estuve de preguntarle: –¿Y yo? 
Pero no dije nada. Después de su rotundo juicio de buena lectora, huelgan otras opiniones, ¿verdad, fiel y caro lector?

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