Opinión

El tiempo recobrado

Edmundo Moure | 12 de marzo de 2018

Tenía vértigo de ver por encima de mí y en mí, no obstante, como si tuviese leguas de altura, tantos años…

Marcel Proust

Una vieja casa ubicada en calle Huérfanos, al llegar a calle Esperanza (imaginas un posible juego de palabras “la esperanza de los huérfanos”), donde acabas de cumplir una gestión contable relacionada con permisos municipales… Aquí estuviste ya en un par de ocasiones, pero te intriga la sensación, ocurrida en tu primera visita, hace dos años, de haberla conocido mucho antes, de saber exactamente la distribución de sus habitaciones, tanto así que el anfitrión se mostró sorprendido cuando te dirigiste a los diversos cuartos con la seguridad inconsciente de quien tiene allí su habitáculo cotidiano.

Casas como esta hay muchas en los viejos barrios del Santiago decimonónico, a las que la Municipalidad ha otorgado rango de “patrimoniales”, evitándoles, por ahora, el riesgo de ser demolidas y luego reemplazadas por virtuales conventillos o jaulas de cemento, para engordar las arcas caudales de las empresas inmobiliarias. 

Caminas hacia calle Agustinas, por calle Cueto, rumbo al sur. Aún se ven los viejos adoquines y rieles de los tranvías, casi sepultados bajo el asfalto mal esparcido sobre las cuadriculadas losas de piedra brillante. En Agustinas hay una improvisada “feria de las pulgas” en el bandejón central. Fierros, repuestos de automóviles, herramientas, prendas de vestir, artículos electrónicos, parlantes… y libros. 

Encuentras un ejemplar de El Tiempo Recobrado, de Marcel Proust; Santiago Rueda Editor; Buenos Aires, 1946. Papel rústico y amarillento, con oscura mancha en el lomo, ¿acaso una copa de vino derramada por el lector mientras lo leía? Aunque tienes la impresión de que el libro nunca fue leído antes, porque la rigidez de las páginas, que ahora abres y alisas, acusa su estado impoluto de lecturas anteriores. 

El libro, pues, nacido hace setenta y un años, recién está siendo desflorado por tus manos y revelado por tus ojos. Experimentas una sensación algo morbosa, como si tocaras una piel femenina escondida para ti durante años, que aún posee el encanto trémulo de caricias y de palabras, ofreciéndose a ti en la soleada mañana de verano.

-Mil quinientos, no más, caballero.

Te preguntas si es posible recuperar el tiempo perdido, si cabe recogerlo como una red cargada de peces de la memoria extraídas desde un mar generoso, oficiando cual pescador de sueños imposibles. Sabes que en ti la memoria ha sido –sigue siendo– poderosa y profunda, y desde sus atributos intentas también recobrar ese tiempo huidizo que fluye como un agua extraviada a través de tantos cauces. 

El único rescate que nos otorga la Esfinge es la ilusión de urdir de nuevo el telar de los sucesos, bordando sobre él rostros y nombres, con la materia a la vez maravillosa e inasible de las palabras. Por eso, haces propia la reflexión final de ese genio asmático de la gran memoria literaria francesa:

“Experimentaba un sentimiento de fatiga profunda sintiendo que todo ese tiempo tan largo, sin una interrupción, no solo había sido vivido, pensado, segregado por mí, que era mi vida, que era yo mismo, sino que todavía era preciso tenerlo atado minuto a minuto, que me soportaba, que estaba yo encaramado en su cima vertiginosa, que no podía moverme, sin moverlo conmigo”.

Te inquieta el concepto del “tiempo cíclico”, del eterno retorno, que encuentras desarrollado en la obra de Proust y que pudieras proyectar en tu propia existencia, pues somos también parte de la narración que alguien cuenta y escribe desde la eternidad (Borges dixit): un colosal escriba sentado sobre el universo, plasmando la historia de todas las vidas que pueden leerse, una y otra vez, por infinitos lectores que reconstruyen, a su medida, lo narrado. 

Entonces, intuyes que estás repitiendo gestos y ademanes mientras el viejo vendedor de esta feria ocasional te alarga el VII tomo de la magna obra En Busca del Tiempo Perdido… Como si fuese un siete mágico, capaz de conjurar el olvido, Marcel Proust lo tituló El Tiempo Recobrado… Es la misma mañana, el mismo calor estival, el murmullo de las hojas de las acacias, la nieve blanca y mustia de sus flores esparcidas sobre el maicillo… Tu respiración silba, agitada por el asma, ese “llanto ahogado” que te persigue, implacable, desde niño.

Reanudas tu marcha con el libro entre las manos. Te detienes a hojearlo, sentado en un banco de la plaza Brasil. Una mujer joven, pero estragada, te pide una moneda y se la das, mirándola a los ojos; son negros y grandes, enmarcados en amplias ojeras que parecen acentuar una antigua tristeza… Te dices que has visto antes esos ojos, que esa silueta delgada caminando con cierta torpeza sobre la gravilla es también una imagen que se renueva desde el pozo de la memoria. 

Piensas: ¿Será la muerte semejante al olvido? Si así fuese, el “deja vu” (lo antes visto) constituiría una suerte de prueba de la condición cíclica del tiempo, aunque los científicos del ámbito de la psicología y la psiquiatría le restan a estos sucesos todo trascendentalismo temporal, afirmando que en tales casos “ocurre un pequeño lapsus o retraso a la hora de percibir el estímulo externo, y por ello da la sensación de que ante nuestros ojos está apareciendo algo que ya hemos vivido”.

No te satisface esta explicación, porque has tenido varias experiencias semejantes, en distintos lugares y situaciones, de manera intensa y demorada en el tiempo, lo que haría descartar ese supuesto lapsus referido a breves segundos o minutos de turbación mental… Salvo que estés enloqueciendo, asunto no descartable, por supuesto. Bien le decía el barbero a don Alonso Quijano El Bueno que no leyese tantos libros (de caballerías) porque iban a absorberle el seso.

Has experimentado también una doble extrañeza: la de apreciar como ajenas, luego de algunos años, las palabras escritas por ti en libros signados con tu nombre; y la de sentir como propias y familiares, palabras de otros autores, articuladas en tiempos muy lejanos, como si fuesen tuyas y pertenecieran a vidas pasadas que vuelves a recordar en la sucesión sin tiempo de la biblioteca infinita.

Te reconforta pensar que habrá otras caminatas por las calles de la ciudad y otros libros accesibles, para avivar el anhelo de acceder por las palabras hechas memoria a ese “tiempo recobrado” que soñó Marcel Proust y que hoy se agita en tu propio desvelo.

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