Opinión

El escaso bien del silencio

Edmundo Moure | 05 de marzo de 2018

El silencio no es la ausencia total de sonidos de cualquier especie, porque eso equivaldría a una forma semejante a la nada, quizá tanto o más terrorífica que un permanente ruido ensordecedor. Hay sones que acompañan el silencio, como el murmullo del agua, el ulular del viento, los graznidos de aves nocturnas, el canto del gallo al amanecer, el mugido de las vacas clamando por la ordeña, la queja de las maderas cuando los cambios de temperatura las dilatan o comprimen. Las voces humanas, por cierto, cuando expresan los diversos momentos de la existencia. Algunos de estos sones, en consonancia con el silencio, aún podemos advertirlos en la ciudad. Por ejemplo, el arrullo de las palomas que hacen nido en lo alto de los edificios, en primavera, cuando es la época del apareamiento. Y la lluvia, ese manso compás que puede cobijarse en las ensoñaciones del reposo, transportándonos a la casa que cada uno guarda en el pozo de la memoria. Y las palabras pronunciadas que traducen y nominan seres y cosas.

Vivimos en un mundo, en una sociedad de exacerbada contaminación acústica. No todos pareciéramos padecerla en el mismo grado. De hecho, me atrevo a decir que gran parte de la población, en una ciudad de más de siete millones de habitantes como Santiago de la Nueva Extremadura, semeja no sufrirla; es más, contribuye a provocar, cada día, a menudo de manera inconsciente, un mayor y variado ruido ambiental. En el valle de Santiago, donde Pedro de Valdivia fundara la capital de Chile hace cuatrocientos setenta y siete años, ya no quedan barrios o rincones privilegiados donde disfrutar ese silencio relativo que se fue esfumando con el advenimiento de la posmodernidad. Si bien hay sectores más alejados del centro de la urbe, sobre todo hacia los contrafuertes cordilleranos, donde las clases pudientes –o de muchos posibles– vienen huyendo, desde hace décadas, para refugiarse del tráfago citadino y de los consiguientes peligros que atentan contra su seguridad propietaria, el problema del ruido es transversal, de acción y ejercicio “democrático”, si cabe decirlo.

Ocurre incluso en edificios de departamentos de alto valor inmobiliario, a partir de un rango de quinientos mil dólares hasta un millón de verdes ingodwetrust. Basta que un par de vecinos decidan escuchar su música predilecta, premunidos de parlantes de gran resonancia, para que la paz buscada al final de un día de trabajo se transforme en tortura difícil de contrarrestar. Ahora, si algún padre decide incentivar el supuesto talento melódico de alguno de sus hijos, obsequiándole una guitarra eléctrica, una trompeta o una batería de última generación, el asunto puede agravarse hasta lo indecible. Y no hay conserje o guardia o carabinero que pueda impedir su uso fuera de las horas en que es lícito “meter ruido” con derecho absoluto. La acción de los policías, cuando tienen a bien apersonarse en los sitios de conflicto sonoro, se limita a ciertas advertencias de protocolo. Apenas se retiran los uniformados, el volumen radiofónico vuelve por sus fueros. Aun a riesgo de que regresen a cursar una infracción pecuniaria, los vocingleros continuarán con la jarana. Por último, entre todos los enfiestados se prorratea el coste de la multa, porque el dinero, dios único de nuestro tiempo, lo soluciona casi todo, incluyendo los problemas o desacuerdos con la justicia, aun a riesgo de contrariar a vecinos que buscan la tranquilidad en el refugio nocturno de sus habitaciones.

Ni qué decir sobre barrios de menor pelo o de sectores populares, en donde la privacidad está protegida por la delgadez raquítica de simples paneles o tablas rústicas, espacios donde cualquier ruido humano natural –por así decirlo– es recibido por el vecino, desde un simple pedo hasta gemidos y gritos destemplados provenientes de actos amorosos o de discusiones y aun riñas de ocurrencia habitual. Aquí, un sencillo equipo de música puede provocar estragos acústicos de manera cotidiana e impune.

Y no me referiré a las habituales balaceras en poblaciones y barrios periféricos, campos de Marte donde los narcotraficantes se entreveran, cada noche, en feroces disputas. En esos territorios inexpugnables es inoficioso, para cualquier vecino o residente, llamar a la policía. Salvo en caso de redadas con apoyo de armamento pesado y amplio despliegue, ni carabineros ni miembros de la policía de investigaciones se harán presentes.

Te levantarás de madrugada, mal dormido e irritable, maldiciendo esta urbe que te vio nacer, hace varias décadas, cuando aún existían las viejas casa-quintas con amables resabios de lo rural. Caminas seis cuadras hasta el Metro, poco antes de la “hora punta”, para evitar, en cierta medida, los desagradables efectos de congestión extrema. Extraes de tu morral –especie de oficina ambulante– un libro, cuyas páginas puedes todavía leer de pie, en estrechos rincones del carro. A esta hora la intensidad del ruido es baja. Los chilenos solemos viajar en silencio, salvo bajo los efectos del alcohol, cuando surge la agresividad pendenciera y se desatan las ataduras del pudor. El hacinamiento cotidiano presenta otros riesgos: ser atropellado por transeúntes en permanente aceleración o que te roben la cartera o el teléfono móvil o cualquier pertenencia valiosa (nadie roba libros aquí, por fortuna)…

Cerca del mediodía, si te toca en suerte acometer gestiones o diligencias lejos de tu lugar de trabajo, estarás expuesto a oír esa espantosa cacofonía zumbona llamada reguetón (me rehúso a escribir su grafía gringa), con sus banales rimas forzadas, a veces dirigidas a los viajeros como en una suerte de provocación “humorística”, aludiendo a trazas físicas o a la indumentaria del infeliz escogido. Se quiebra el momento efímero de la lectura. El “artista” de marras te pedirá una colaboración para su música, a lo que responderás, agrio y rencoroso: –“¿Cuál música?”-. El tipo no dice nada, pero te degüella con los ojos mientras continúa su paso mendicante. Una mujer mayor masculla, como si te reprendiera: –“En algo tienen que ganarse la vida estos jóvenes. Peor sería que anduvieran robando”-. Le hubieses retrucado: –“Mientras lo hagan en silencio, no pasa nada…”-. Pero callas y te limitas a cerrar el libro.

Estás leyendo Thoreau, Biografía de un Pensador Salvaje, de Robert Richardson, un libro apasionante, derroche de inteligencia emocional y analítica. Henry Thoreau (1817-1862), escritor estadounidense, autor de Walden, La Vida en los Bosques, y de La Desobediencia Civil, fue un pensador notable, discípulo de Emerson, que buscó esa vida tranquila y feliz, que aun asociamos a los lugares donde la naturaleza no ha sido urbanizada ni sometida completamente al arbitrio del ser humano, en pos de una civilización abigarrada y estridente que hoy, en el siglo XXI, pareciera conducirnos a un callejón sin salida. En una de las márgenes de la laguna Walden, Thoreau construyó, con sus propias manos, una cabaña rústica de veintiséis metros cuadrados, en la cual vivió cerca de dos años y medio, cuando tenía treinta de edad, movido por un trascendentalismo existencial que perseguía armonizar la vida humana con la naturaleza, un antiguo anhelo que parece arrancar desde los griegos, aunque también entre chinos e indios encontramos manifestaciones de esa tendencia y búsqueda.

Escribe Thoreau:

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome solo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando llegara mi trance de morir descubriese que no había vivido”.

Es posible que Walden sea una construcción metafórica de nuestro propio refugio en la paz interior, abstrayéndonos o superando las continuas agresiones exteriores de una civilización en permanente y acelerada crisis de valores esenciales, volcada al materialismo extremo cuyo leitmotiv es el consumo creciente, basado en la ley suicida del capitalismo salvaje: producir más y más, a cualquier coste, pues si el crecimiento de la producción se detiene o se hace regresivo, sobrevendrá el caos social. Se trata de una entelequia fagocitante que se devora a sí misma, extendida hoy en día a lo largo y ancho del planeta, salvo algunas pequeñísimas excepciones que son desvirtuadas por el sistema imperante y su colosal aparato de control represivo.

En el pensamiento de Thoreau y de otros ilustres pensadores contemporáneos suyos, se plasman conclusiones que hoy nos parecen muy atingentes:

“Quizá pronto se descubra que, si un hombre tiene derecho a la vida, tiene, como consecuencia inevitable, derecho a los elementos que conforman la vida, a la tierra, al aire y al agua”.

Y al silencio, agregaríamos, asumido como nivel o grado de sonoridades aceptables y permisibles, amparado por una legislación que no sea letra muerta, sino que se aplique y sancione, como normas de mínima convivencia civilizada, lo que no ocurre, por desgracia, en nuestro país, donde las transgresiones son habituales y múltiples. Se trata de un fenómeno cultural, agudizado por las falencias educacionales en el seno de la familia, donde las pautas de urbanidad y comportamiento parecen dictadas por la televisión y otros medios audiovisuales; y en la escuela, donde han sido proscritas la Filosofía y la Educación Cívica. El nuevo simio tecnificado es agresivo y estridente. El ruido ensordecedor lo potencia y lo hace evadirse de la realidad. Quienes nos oponemos a su conducta vamos siendo minoría cada vez más inerme.

Como otra paradoja, Chile aún posee inmensos territorios ajenos al avasallante fenómeno de la contaminación acústica, de la sobrepoblación y de otras poluciones no menos nefastas. Es lo que hemos podido apreciar, durante breve estada, en el virtual paraíso de Aysén, donde la naturaleza aún campea por sus fueros y parece ajena a las tropelías y abusos del ser humano. ¿Por cuánto tiempo el silencio será dueño de sus territorios salvajes?

Hace doce años, recibimos, desde el Consello da Cultura Galega, una extraordinaria grabación en formato de disco (CD): Os Sons da Terra (Los Sones de la Tierra), en la cual se recogieron gran diversidad de sonidos de un país que aún conserva parte de sus bosques y campos y cursos de agua innumerables, y la extensión de costas bravías y mares que penetran por la cuenca de los grandes ríos, formando las rías. Si bien no es lo mismo escuchar esos sones in situ, porque oírlos en un salón u otro espacio acotado les hace perder naturalidad, transformándolos en una pieza cultural, hemos podido apreciarlos, ligándolos a nuestra memoria presencial, en la mayoría de los casos. Podríamos afirmar que se trata de los sones del silencio, entendiendo esta paradoja como el disfrute sensorial y poético de momentos placenteros y benéficos, regalados al oído, ajenos por completo al ruido constante que nos agobia en esta existencia urbana cuyos paliativos ambientales han sido superados, al parecer, de manera irremediable.

Según Emerson, maestro y amigo de Thoreau, esta cuestión es de antigua data, planteada en Grecia por los estoicos frente al colapso de la ciudad-estado griega y del deterioro de la confianza en la polis o estado, como contexto institucional último y justificación definitiva para la acción moral: “Incapaz ya de dirigirse a la polis en busca de respuestas fiables a la cuestión de cómo debe uno vivir su vida; incapaz de encontrar dichas respuestas en las formas de la religión tradicional e incapaz de confiar en la sociedad, tal y como era, para recabar esas respuestas, Zenón, el primero de los estoicos, se dirigió a la naturaleza como una fuente perenne de principios morales confiables…”. 

En la tarde apacible de este domingo escucho solo el fluir de los vehículos en la confluencia de las calles Hamburgo y Emilia Téllez. Pudiera ser el rumor de un río impetuoso y de cauce irregular, sino fuese por las frenadas y bocinazos. Los veraneantes regresan desde la costa, en las postrimerías de febrero, para hacer más ruidosa y frenética esta polis congestionada.

Abro el libro sobre Thoreau y le digo a mi mujer que voy a leerle un párrafo.

–Ahora no– me responde, estoy disfrutando del silencio.

 

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