Opinión

El buen vino de la memoria

Edmundo Moure | 10 de diciembre de 2018

Hoy se cumplen veinte años de la muerte de nuestro padre, Cándido Francisco Moure Rodríguez, emigrante gallego que abandonara su casal de A Touza, Santa María de Vilaquinte, Carballedo, Chantada, Lugo, Galicia, en diciembre de 1924, cuando tenía doce años de edad, para arribar a la Argentina, junto a sus padres, hermanas y hermanos, a fines de marzo de 1925, habiendo cumplido los trece a bordo del barco. Tuvo su pasamento el 26 de noviembre de 1998, dos meses antes de alcanzar los ochenta y siete. Estaba lúcido, aunque había tenido una especie de regresión lingüística y en los últimos días solo se expresaba en idioma gallego.

Junto a nuestra madre chilena, Fresia, dos años menor, y que le sobreviviera catorce años, ambos dejaron una descendencia de cien individuos: ocho hijos, treinta y seis nietos y cincuenta y seis biznietos. Al respecto, Cándido Pai decía, con el humor socarrón de su estirpe labriega y marinera: “Os galegos non perden o tempo”.

Tengo abundantes páginas escritas sobre mi padre; algunas algo idealizadas, según opiniones de terceros; otras, críticas y lacerantes, según juicios cercanos. Todas ellas trasuntadas desde el amor filial, con esa mezcla donde se funden aprecios y desafectos, ternura e inquina, para conformar una búsqueda que nunca pude concluir: la persecución anhelante de un extranjero cuyo misterio existencial quería (debía) desentrañar para entenderme a mí mismo. Por eso me entregué, durante más de cuatro décadas, hasta donde me lo han permitido mis fuerzas y mi capacidad, al estudio de la lengua, la historia y la cultura vivas de Galicia, ese extraño y remoto paraíso que él parecía invocar a diario, en sus palabras y en sus gestos, en ese ir y venir de incansable caminante que sueña con cruzar valles y cordilleras para contemplar, desde la cima de la última montaña, los humos incomparables de su propia y única aldea.

Cada vez que escucho hablar aquí, en esta larga y enjuta nación donde casi todos descendemos de emigrantes –no más allá de la tercera o cuarta generaciones ascendentes–, en contra de la inmigración, siento una suerte de afrenta personal y me entrevero en el debate encendido, por lo demás concebido sin bases racionales ni fundamento histórico o sociológico, provocado por quienes erigen las odiosas barreras de la discriminación y el añejo y feroz racismo decimonónico. En un país como el nuestro, de cuño casi medieval, todo gira en torno a presupuestos de justificación propietaria, por encima de cualesquiera otras apreciaciones. Así, a muy pocos parece repugnarles el hecho de que tres empresas forestales posean tres millones de hectáreas en la Araucanía, mientras el pueblo mapuche, en su totalidad, sobreviva apenas en quinientas mil.

Volvamos, pues, a lo nuestro, que veinte años son apenas un suspiro… Fue un jueves por la noche, ese 26 de noviembre. Cerca de las 12:00 o de la hora cero, decidí acostarme. Sonó el timbre de la puerta. A través de la ventana divisé dos figuras masculinas frente a la verja. Eran dos amigos, Renato y Edgardo, que venían a darme el pésame. Cada uno traía consigo una botella de tinto Casillero del Diablo. Sin palabras protocolares, apenas con la elocuencia de un largo abrazo, dimos cuenta del líquido espirituoso.

Al comenzar la segunda botella, me sentí reconfortado y animoso, como si hubiese descorchado los serenos vinos de la memoria. Surgieron algunas risas al calor de los recuerdos. Cándido gallego se habría sumado con gusto a esa nocturna e improvisada conversa, narrando alguna historia de su juventud o hubiese destejido el ovillo hiperbólico de sus aventuras de cazador y pescador, esos relatos que encantaron a nietas y nietos mayores.

Quizá pudo habernos sorprendido la madrugada hilvanando palabras para conjurar lo irremediable, si no fuera por Marisol, que apareció en el comedor, en tenida durmiente, para decirnos, con breve e indiscutible gracejo, que ya era hora de cerrar la cantina. Ambos amigos se retiraron, en medio de las disculpas y venias de rigor. Yo me cobijé bajo las sábanas y me dormí al calor de agridulces recuerdos.

Renato y Edgardo también cruzaron el puente hacia la otra orilla; es cosa de tiempo para que volvamos a reunirnos, ojalá en parecidas circunstancias de diálogo y bohemia fraterna, aunque los paraísos oficiales suelen prometerse tan inocuos como asépticos.

Irlanda y Galicia son las naciones europeas con mayor tasa migratoria entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, presentando una lenta e irreparable sangría humana. Las causas de aquel destierro masivo y constante (“desterronamiento”, escribiría Efraín Barquero, fueron la precariedad del minifundio y el hambre. Nadie emigraba para “cambiar de aire” ni para experimentar nuevos paisajes. Ninguna literatura idílica resiste una prueba semejante.

Termino con un recuerdo de mi padre que jamás olvidaré. Una tarde, en la casa de Pedro de Valdivia Norte, ya octogenario, escuchaba a un grupo de jóvenes empresarios que habían visitado a mi madre para que les pintara un retrato al óleo de una pariente encopetada. Locuaces y fachendosos, hablaban de automóviles, lanchas deportivas y turismo de moda. En una pausa del parloteo, Cándido les pidió que le acompañaran a su dormitorio. En la cabecera de la cama colgaba una gran fotografía, que Eladio Mazaira me regaló en 1985, tomada desde un helicóptero, de la casa petrucial de A Touza. Desde el centro de un pequeño trigal aledaño, los primos campesinos, Eladio y María, alzaban sus herramientas de la cosecha hacia el enorme insecto zumbador.

Mi padre señaló la imagen con su poderosa mano de labrador y dijo a los sorprendidos huéspedes, con un acento donde vibraba el más hondo orgullo: -“De aquí venimos nosotros. Conviene no olvidarlo”.

Para eso habla en mí su memoria en estos veinte años, para no olvidar.

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