Opinión

Cuerpo y alma de los libros

Edmundo Moure | 07 de enero de 2019

-Viejo, es la edición de 1951, hace siete décadas; cómo ha pasado el tiempo sobre los libros… Desempolvamos ayer parte de la biblioteca, la sección de autores nacionales, donde agrupaste a nuestros escritores, la mayoría editados por Nascimento, por Zig-Zag también, por Ercilla, y por otras casas editoriales de aquella época... mira, no sé si “dorada”, para no parecer carcamales aferrados al añejo tópico “todo tiempo pasado fue mejor”, pero éramos un tercio de los que hoy somos y, sin embargo, bullía la actividad literaria, los críticos de fin de semana daban cuenta de las publicaciones y los lectores acudían, durante los primeros días de la semana, a comprar a las principales librerías de Santiago capital. Y tú, entre ellos, arriesgando la reprensión de la vieja, cuando entrabas con el voluminoso paquete de libros y una bolsa de vituallas donde aromaba el maní tostado, que a ella tanto le gustaba, aunque no era suficiente para mitigar el reproche: –“Hasta cuándo, ya no caben los libros en esta casa y hay urgencias mayores…”. Pero a ella también le gustaba acariciar la suave piel de los volúmenes y separaba los que iba a leer, como una sabia amante que olvida nimios sinsabores.

Separé Hijo de Ladrón. Después de sesenta y tres años iba a leerlo de nuevo, dejando pendientes otras lecturas ya comenzadas. El libro estaba amarillento, descuajeringado, descosido, los cuadernillos parecían varillas de un abanico que se desarma entre los dedos. Caían al suelo, como alas de mariposas nocturnas, trozos del borde de sus páginas, pero las letras de oscura tinta negra porfiaban por mantener su discurso, se negaban a morir, esperando que yo las revitalizara en el sagrado rito de la lectura.

Aproveché que todos se sumían en afanes y preparativos de la Nochebuena, arrellanado en el sofá del rincón, bajo la ventana. Las primeras hojas se iban separando del resto, desprendiéndose de los cuadernillos, hojas del árbol del conocimiento que padecían rigores del otoño y vientos aciagos del olvido. Hijo de Ladrón era para mí otro libro, distinto del que leyera en los últimos días, quizá, de la adolescencia. Como un regalo, me embargó el asombro de su renovado lenguaje, de la actualidad intemporal de su narración. Qué notable narrador sigue siendo, en el siglo XXI, Manuel Rojas; con qué soltura realista cuenta las peripecias de Aniceto Hevia –él mismo, sin duda– y va engarzando los sucesos vitales como quien desgrana el recio maíz de su existencia, revelándonos un mundo que por entonces no era la materia escogida por nuestros literatos, salvo Alberto Romero o Nicomedes Guzmán, sino más bien los avatares y sucesos de la burguesía chilena, afrancesada en las costumbres, colonial en el pensamiento, conservadora y pacata en sus visiones del mundo.

Manuel Rojas no es un narrador-cronista que hable desde fuera, como curioso hurgador de los destinos humanos, sino el protagonista entrañable de sus propios padecimientos; es el exiliado de sí mismo, el que camina sin reposo por ásperos derroteros, eterno transeúnte, como esos perdedores vagabundos que huyen y buscan, a pie casi siempre, a veces colgando de los trenes de carga, haciéndole el quite a los “guardianes del orden”, para tejer y destejer sus propias historias, para apreciar cómo el libro de su existencia amarillea y se deshoja, sin el acidulado componente de la nostalgia burguesa por el tiempo extraviado.

El universo que exhibe Hijo de Ladrón repugnó, y aún repugna, a esos espíritus conservadores y convencionales que se niegan a ver otras realidades que la suya de “puertas adentro”, donde campea la parodia de una seguridad que es necesario fortalecer con todo tipo de barreras, sobre todo, la valla de clase, esa que se espera y sueña inexpugnable, pero que, más temprano que tarde, se deshace también en la decrepitud del propio sistema social que ya no es capaz de sostener su derrumbe.

–Viejo, a ti te gustaba El Socio, de Jenaro Prieto, una historia pirandelliana, pudiéramos decir, con la invención de personajes que empiezan a vivir historias independientes de la voluntad del autor. A mí no me gustó tanto, la verdad, y al releerlo hoy me ocurre el fenómeno contrario al nuevo hallazgo de Hijo de Ladrón… Que me perdone don Jenaro, pero su novela me parece, ahora, poco verosímil, algo manida y de escasa actualidad.

–Excúsame, viejo, no pretendía yo entreverarme contigo en una discusión estética. No siempre nuestros gustos literarios coincidieron, aunque debo darte crédito por algunas opiniones tuyas que refuté y que hoy acepto, bajo la maravillosa experiencia de releer, después de muchos años, libros que van pareciéndonos distintos. Tal vez “ningún lector sea el mismo después de pasar por el río de un libro”, y estas aguas vibrantes, hechas de palabras, nos revelen distintos prismas y nos regalen nuevas experiencias.

Esta mañana, con el resabio adormilado de las fiestas, llevé Hijo de Ladrón al encuadernador. Cogió entre sus manos expertas el destartalado volumen y me dijo: “–No tiene caso, don Edmundo, este es un enfermo terminal. En el proceso de reencuadernarlo, va a deshacerse como un muñeco de serrín… Le aconsejo que compre una edición más nueva; hay varias y se consiguen por poco precio”.

Yo iba a insistirle que se trataba del ejemplar que trajiste a casa, quizá en 1955, cuando yo tenía catorce años, y quería salvarlo de la muerte… Callé, pensando lo que una vez me dijiste, a propósito de una edición de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, datada en 1830, que no pudo ser recuperada de parecida dolencia postrera: –“Los libros tienen un cuerpo perecible, hecho de hojas de papel y de signos lingüísticos grabados con tinta; tienen, asimismo, un alma inmortal, hecha con la sustancia imperecedera de sus palabras”.

Debe ser cierto. Y cada lector realiza el milagro de la resurrección cuando hace revivir, desde el polvo seco de la celulosa mustia, la palabra recién nacida.

 

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