Opinión

Cervantes, áspera juventud y ardua existencia

Edmundo Moure | 22 de febrero de 2021

Para Eugenio Prado

Hay quienes se preguntan por qué el famosísimo escritor Miguel de Cervantes y Saavedra combatió en la célebre batalla de Lepanto, acaecida el 7 de octubre de 1571. Planteada la interrogación a este humilde cronista, procedo a responder, hilando los hechos y circunstancias en el enigmático mapa de Chronos.

A finales de 1567, cuando Miguel tiene veinte años y su bella hermana Andrea, veinticuatro, ocurre un suceso dramático y trascendental para ambos. Mientras caminan por una calle de Madrid, les intercepta un hidalgo de lujoso atuendo y espada al cinto, quien increpa a su hermana, tratándola de puta. Miguel reacciona con prontitud, extrae un espadín y propina una estocada en el pecho al ofensor. Es apresado por alguaciles y luego condenado a la amputación de su mano derecha. La orden de captura, expedida en 3 de diciembre de 1567, expresa la decisión feroz, a la que agrega un destierro por diez años. Días antes de ejecutarse la sentencia, Miguel, prófugo de la justicia, huye y pasa a Italia, donde servirá al cardenal Acquaviva. Pronto se le unirá su hermano Rodrigo, dos años menor, quien se incorpora a uno de los Tercios españoles asentados en Roma.

En 1571, Miguel (24) y Rodrigo (22) se incorporan a la armada que comanda Don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II e insigne navegante, contra el Gran Turco. La batalla decisiva de Lepanto tendrá lugar el 7 de octubre de 1571.

Durante la refriega, un arcabuzazo inutiliza, de por vida, la mano izquierda del futuro escritor, otorgándole el suceso el inmortal apodo de El Manco de Lepanto.

Por aquel entonces, al parecer, no había surgido en Miguel el prurito de la escritura, sino más bien el ansia de aventuras y de gloria en el ámbito del oficio militar, al que muchos jóvenes acudían como voluntarios, para afianzar el poderío del más vasto de todos los imperios. Para Miguel y los otros varones de su estirpe no existían otras posibilidades que las ofrecidas por la Milicia, la Curia o los servicios menores de la Corte. Lo otro, eran simples oficios y especialidades artesanas, que no cuadraban con los sueños desmesurados de quienes atisbaban el Nuevo Mundo, las Indias Occidentales, como factible destino para establecerse y medrar. Eran los “exitistas” de aquel siglo.

Así, en tres o cuatro ocasiones, ambos hermanos postularon para embarcarse hacia los vastos territorios de América, Rodrigo como soldado y Miguel –asunto para mí curioso y enaltecedor– como “tenedor de libros” (contador o contable), en la recién fundada Capitanía de Colombia. Los sucesivos intentos fracasaron y ambos decidieron, en 1575, embarcarse rumbo a España en una carabela artillada. En el mar Tirreno fueron interceptados por corsarios argelinos, hechos prisioneros y conducidos a Argel, en donde vivirían como esclavos, dos años Rodrigo y cinco Miguel, antes de su liberación.

Por la especial circunstancia de haberle encomendado, el propio Don Juan de Austria, una correspondencia secreta que Miguel tenía que entregar en la Corte de Madrid, los moros de Argel trataron con cierto respeto a Cervantes, considerándolo un personaje de gran importancia política, y una carta segura de pingüe recompensa. Esto hizo que el trato de sus captores no fuese tan cruel, aunque prolongaría su cautiverio, debido a las crecientes sumas de dinero exigidas a los representantes del gobierno imperial para su rescate.

La madre, doña Leonor de Cortinas, secundada por su hija Andrea, acude al famoso Consejo de la Cruzada, con el fin de obtener dinero para la liberación de sus hijos. No trepida en hacerse pasar por viuda, aunque su marido anduviese activo en trabajos propios de su oficio de sangrador y barbero, recurriendo ellas a diversas artimañas en la consecución de su propósito. Don Rodrigo, el padre de los Cervantes, había quedado sordo a los cuarenta años y no podía ejercer con propiedad sus encomiendas de compositor de huesos, cirujano de “mano gruesa” y yerbatero.

En estas tareas, siendo adolescente, Miguel le acompañaba para escuchar los requiebros de los dolientes y transmitírselos a su padre en un lenguaje vocal y de señas que ambos habían creado. Quizá aquí haya nacido, aún de manera inconsciente, la vocación expresiva del más grande narrador de todos los tiempos.

Los documentos de la época, numerosos y fidedignos, gracias al hábito español de escribirlo todo, demuestran que esta madre y su hermana Andrea, engañaron a funcionarios reales y a sus propios vecinos, empeñadas en el difícil rescate, cuyo precio significaba una verdadera fortuna para aquellos tiempos. Tuvo premio aquella femenina pertinacia, pues el 19 de septiembre de 1580 queda en libertad Miguel, el Manco de Lepanto. Nada más volver a su patria, comienza a escribir sus primeras obras, de carácter testimonial: Los Baños de Argel y El trato de Argel; ambas, piezas breves de teatro. (Baños, llamaban los moros a los recintos carcelarios, siempre humedecidos por fluidos malolientes).

Es posible que, durante el largo cautiverio, Miguel de Cervantes tomara notas y apuntara sucesos y referencias con el objeto de laborarlas más tarde como literatura testimonial. Aquel interminable cautiverio, con altibajos en su restringida libertad y en el rigor del trato infligido, sin duda exacerbó su capacidad imaginativa, fortificando su carácter, tal vez para que se cumpliese el viejo aserto de que el gran arte surge del sufrimiento, sea físico o psicológico, lo que, por supuesto, no significa que los múltiples y diversos padecimientos humanos desemboquen en producciones artísticas imperecederas.

Miguel de Cervantes vivió y subsistió, como tantos otros creadores de su tiempo y de los posteriores, hasta nuestros días, de ásperas y áridas tareas cotidianas, ya fuese como funcionario menor de Cortes, y, en los últimos años, como recaudador de impuestos, es decir, alcabalero, una hermosa palabra árabe cuya prosodia desdice la antipatía que su ejercicio práctico suscitaba en aquellos remotos contribuyentes, y que sigue provocando hoy en día un temor casi sagrado... El alcabalero Cervantes, acompañado de dos escoltas armadas, recorría las villas y pueblos recabando el tributo para Su Majestad. En esto sufrió, nuestro héroe de la pluma, un duro traspié, al dejarse convencer, por un astuto mal amigo y peor consejero, de invertir parte de los fondos a su cargo en un negocio que daría rápidos frutos. Fue fiscalizado y preso a lo largo de un año por el Tribunal de la Santa Inquisición, que no solo velaba por la probidad espiritual.

Es muy probable que en esos largos meses de prisión, Miguel de Cervantes concluyera la primera parte de su simpar novela El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, cuya primera edición data de enero de 1605. La segunda parte esperaría por una década después, en 1615, un año antes de morir su autor, que fue el mismo día de la muerte de William Shakespeare, el 22 de abril de 1616. Cervantes tenía entonces poco menos de 69 años; Shakespeare, apenas 52. Es seguro que se reunieron, para siempre, en el Parnaso.

Miguel de Cervantes nació, vivió y murió acuciado por la precariedad económica, puesto que su familia estaba conformada por hidalgos pobres, muy abundantes en España, en todos los tiempos. La escasa fortuna aportada por Leonor de Cortinas, su madre, al parecer, fue consumida por los malos manejos financieros y las constantes deudas contraídas por su padre, Rodrigo Cervantes, quien pasó la mayor parte de su existencia procurando obtener certificados de “pureza de sangre”, ya que su bisabuelo materno era un judío sefardita procedente de la Judería de Rivadavia, en Galicia. Obtener tales documentos resultaba difícil y oneroso, pero aún más dificultoso era medrar no siendo “cristiano-viejo”, según imponía el criterio discriminador de la Iglesia Católica de la Contrarreforma.  

Al respecto, cabe considerar que un importante sector de cervantistas conservadores niega esta supuesta “mancha” de la genealogía cervantina. Pero a la luz de los documentos aparecidos en las últimas tres décadas, las pruebas de tal condición son irrefutables. Como antecedente de reafirmación, debemos señalar que, tanto la madre como las tres hermanas de Miguel de Cervantes sabían leer y escribir correctamente, atributo solo explicable, en ese contexto histórico, entre judíos o sus descendientes, ya que estos se preocupaban de educar a sus mujeres y cultivarlas –como se decía– más allá de la simple y atroz sujeción a las tareas domésticas que imperaba en las familias católicas, de manera transversal.

En la primera parte de su novela póstuma, Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, Miguel de Cervantes nos cuenta una breve anécdota que parece simbolizar su luminoso paso por este mundo. La reproducimos, compilada entre usuales tres puntos (…) para nuestros (as) pacientes lectores (as), a modo de colofón de esta crónica que ha surgido de una pregunta de mi amigo Eugenio Prado. La elocuencia de Cervantes ahorra todo comentario ulterior.

Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias… sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseos de alcanzarnos… Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante… Llegando a nosotros, dijo:

-¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la Corte, según la priesa con que caminan?...

“A lo cual respondió uno de mis compañeros:

-El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo pasilargo.

“Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura… acudió a mí, y, acudiendo asirme de la mano izquierda, dijo:

-¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!

“Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello… le dije:

-Ese es el error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino.

“…Seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:

-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.

-Eso me han dicho muchos –respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando. Y, al paso de las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida…

“En esto llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia…

“…Tornéle a abrazar, volvióseme ofrecer, picó a su burra, y díjome tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos; tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta y lo que sé convenía.

“¡Adiós gracias; adiós donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros pronto contentos en la otra vida!”.

 

Sí, pocos días después, Miguel de Cervantes y Saavedra entregaría su alma, porque sus palabras quedaron con nosotros, cada vez más certeras y lúcidas. Ya en su postrer lecho, escribiendo su última carta en procura del mecenazgo del Duque de Béjar, que hiciera posible la publicación de Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, el hijo preclaro de la Mancha escribe una frase que resume el vórtice de todos los anhelos: “Llevo sobre mi vida el deseo que tengo de vivir”.

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