Opinión

La casa de la memoria (Memoria íntima y memoria tribal)

Edmundo Moure | 21 de agosto de 2017

A pesar de todo, el mundo de la literatura es un mundo triste…

José Namora

El último libro publicado en vida por José Donoso es ‘Conjeturas sobre la memoria de mi tribu’, obra que le significó el repudio y el consiguiente anatema de parientes cercanos –y no tanto–, que aún no le censuraban por sus constantes “irreverencias” memoriosas, las que aparecían bajo el velo de la ficción novelesca, aunque algunas de ellas eran descifrables para los suyos o en ocasiones interpretadas con excesivo celo o con esa suspicacia latente en los clanes: “Esto lo escribiste a propósito de mí, o de fulano o de fulanita”. Quizá resultase apropiado responder al inquiridor: “La literatura que escribo no se trata de ti ni del pariente tal o cual; es un trasunto, más o menos ficticio, de mis experiencias vitales en el mundo contradictorio y a menudo traicionero de la palabra creadora”. ‘Casa de Campo’, ‘Este Domingo’, ‘El Obsceno Pájaro de la Noche’ y ‘El Jardín de al Lado’ son testimonios irrefutables de ello.

Pero esta explicación puede caer en el vacío o resultar, para el interlocutor, peor que la supuesta falta o aparente transgresión, infligida al prestigio tribal, por el escriba. En el caso de nuestro gran novelista, dudo que haya explicado algo a sus detractores parentales. Lo que sabemos es que hubo varios rompimientos de relaciones en el seno del clan Donoso y aun amenazas de acciones legales y punitivas, pues si algo no se perdona a los díscolos es desnudar las miserias de la grey, aunque sea considerando la sentencia de Serrat: “Nunca es triste la verdad; lo que no tiene es remedio”. (Vale tanto para el narrador-memorialista como para sus personajes o seres de carne y hueso, teniendo en cuenta, quizá, que no hay verdades “objetivas”, salvo las de la ciencia empírica y aún éstas llegan a ser refutadas mediante la evolución progresiva del conocimiento humano).

La lectura del desgarrador diario, ‘Correr el tupido velo’, de Pilar Donoso, la hija adoptiva de los Donoso Serrano, confirma aquellas guerrillas internas que la joven padeció en el inestable hogar de sus padres, en un intento desesperado por exorcizar sus propios demonios, propósito que al parecer no consiguió, culminando sus breves años en el suicidio. Tampoco su padre alcanzó, al parecer, aquella catarsis a través de su vasta y honda producción literaria.

La literatura y su expresión individual, el oficio literario, se sustentan en dos bases esenciales: la memoria y el acervo lingüístico; sin la primera, no es posible acceder a un producto creativo de cierta trascendencia, aun cuando se posea un lenguaje atildado y eficaz en términos semánticos. La memoria es el pozo profundo a cuyo brocal nos asomamos para extraer el agua viva del recuerdo, líquido que nunca es prístino ni certero, porque la recomposición o el rescate del pasado están teñidos de titubeos, equívocos e imperfecciones. Asimismo, la memoria guarda los momentos dichosos (por lo común, escasos), las tristezas, los desencantos, los fracasos, los amores, los odios, el resentimiento, los impulsos generosos, la difícil misericordia y, por supuesto, la porfiada esperanza. Si el escritor, además, asume el rol de ser –según Albert Camus­– “testigo insobornable de su tiempo”, sea éste íntimo, social o histórico, no podrá refugiarse en la complacencia confortable para construir un edificio literario al modo de una casa sólida e impoluta, sino a riesgo de traicionar la esencia de su oficio, que está hecho también de rebeldía y de fracasos, más que de beneplácitos y triunfos.

Me atrevo a decir que la literatura es el ejercicio de una exaltación neurótica, un estado de alerta permanente, motivado por la insatisfacción vital o el desasosiego, como escribiera Fernando Pessoa, quehacer donde se utiliza como herramienta expresiva el lenguaje: materia escurridiza, que jamás aprehenderemos en plenitud. Por eso, los satisfechos jamás alcanzarán las honduras estéticas del arte, porque están encadenados al solaz utilitario de un onanismo superficial, aunque lo disfracen de hipérboles o de vana grandilocuencia. Tampoco significa que todos los escritores deban ser unos “reventados”, siempre al borde del abismo y de la auto-aniquilación (Rimbaud, Baudelaire), para producir un arte trascendente. Lo que sí me parece evidente es la inocuidad de los burgueses ahítos en la acción de cualquier arte. Huelgan ejemplos al alcance de la mano y, por supuesto, arquetipos sustanciales.

Imaginemos por un momento que Marcel Proust, en su inigualable ópera magna, ‘En busca del tiempo perdido’, hubiese desechado los recuerdos trágicos, desagradables y penosos, para rememorar sólo aquellos felices o plácidos, olvidando u omitiendo por completo los terribles accesos de asma que le mantenían recluido, durante semanas, en aposentos sin luz natural, o disfrazando, con las máscaras aleves del bienestar, las miserias de su intimidad y de ese entorno social que fue la materia latente para su escalpelo lingüístico. El resultado de ello hubiese sido, sin duda, una literatura edulcorada y meliflua, en las antípodas del real drama burgués de su tiempo, de esa decadencia de ideas y de valores que hizo crisis, desembocando en dos sucesivas y sangrientas tragedias planetarias: la Primera y la Segunda guerras mundiales.

Ni siquiera es preciso, para un escritor, recurrir a Freud para apreciar los alcances y servidumbres de la memoria. Bastaría remitirnos a Miguel de Cervantes y a su obra imperecedera ‘El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha’, para percatarnos del uso creativo que el Manco de Lepanto hace del recuerdo vivo de sus propios avatares, aunque les otorgue la forma de una ficción. En esa la más universal de las novelas surgen, desde los velos de la memoria, aquellos sucesos significativos de la existencia de Cervantes: el trauma juvenil –a los 21 años–, cuando caminaba por una calle de la real Toledo, junto a su hermana Andrea, cuatro años mayor que él, y un hidalgo arrogante llama ‘puta’ a la joven… Miguel extrae una faca y se la clave en el brazo, precipitando su primer exilio y la condena, no cumplida, de cortarle la mano derecha; su largo cautiverio en Argel, del que es liberado gracias a los afanes de su madre y de la apasionada Andrea; el menoscabo constante de su autoestima por la manía casi patológica de su padre de obtener la ‘limpieza de sangre’, eximiéndole de su evidente genealogía hebrea; las constantes penurias económicas que llevaron a algunas mujeres jóvenes de su familia a ejercer velada prostitución; sus sueños y frustraciones permanentes, la locura de sus anhelos quijotescos y el duro resentimiento surgido de los pedestres dramas de Sancho Panza. Asimismo, los amores idealizados que estallan como un globo en la descarnada realidad de las mujeres pueblerinas que él –o su personaje inmortal, que es lo mismo– han trocado en princesas y damas cortesanas, a pesar de sus bastos oficios de venteras y trotaconventos.

Miguel de Cervantes no accedió jamás a estados de mínima complacencia confortable, ni siquiera en sus años postreros, como bien lo manifiesta en esa carta, escrita quince días antes de su muerte, donde encomia y ofrece su última obra, en la que había depositado más expectativas que en ninguna otra, ‘Los Trabajos de Persiles y Sigismunda’, dirigiéndose a uno de sus magnates valedores, para concluir con una frase de magistral desencanto, verdadero epitafio literario: “Llevo sobre mi vida el deseo que tengo de vivir”. Nada más, nada menos.

Otro ámbito de la remembranza es lo que conocemos como ‘memoria histórica’, sobre la que trabajan los historiadores y también los cronistas; a veces los narradores e incluso los poetas que rememoran hechos. En nuestro querido país del fin del mundo escuchamos a menudo a los detractores de la memoria como reconstitución de hechos atroces. Son los que afirman: -Total, eso pasó hace más de cuarenta años; para qué seguir, dejémoslo ahí…Igual ocurre con tribus, clanes, familias e individuos renuentes al recuerdo lacerante. Es una opción defensiva, claro, válida para sobrevivir y no sentirse apabullado por tanto trauma, pero no es una receta recomendable, a mi modesto juicio, para aplicarla al mester de la escritura, ni ayer ni hoy ni en el incierto futuro.

Y como mi proverbial humildad, paciente lector, me alcanza también para reconocer, honrar y traer a la memoria a los paradigmas del quehacer intelectual, haré uso, a continuación, de algunos párrafos textuales de mi admirado Arnold Toynbee, escritor insigne, amén de historiador excepcional, extraídos de ‘Influjos de las herencias del pasado’, ensayo referido al legado de Grecia, cuyos conceptos valen para el propósito de esta breve crónica:

…Por supuesto, la memoria dista mucho de ser infalible. Como es bien sabido, en las memorias escritas por autores de edad avanzada a menudo se relatan sucesos en forma que difiere mucho de lo que ellos mismos escribieron –por ejemplo, en un diario personal– cuando tales hechos sucedieron. Estas discrepancias denotan que la memoria es una herramienta intelectual imperfecta. Más aún, el recordar no constituye en todos los casos una actividad exclusivamente intelectual. Por una parte, las emociones, conscientes o inconscientes, pueden evocar recuerdos, y por la otra, los recuerdos pueden despertar emociones, aun cuando se refieran a hechos de carácter intelectual. La interacción de memoria y emoción puede distorsionar aún más la imagen –ya imperfecta en el mejor de los casos- que ofrece la memoria. Con entera buena fe puedo creer que mi memoria ha conservado un fiel recuerdo de la verdad, pero mis sentimientos bien pueden haber hecho que la memoria me engañara… Esta perturbación de mis sentimientos y deseos puede resultar evidente para otra persona, quien –al contrario de lo que sucede conmigo– no estuvo emocionalmente vinculada con tales o cuales sucesos ocurridos en el pasado, y sobre los cuales tiene información inmediata o casi inmediata…

Hasta aquí el preclaro Toynbee. En lo que a mí respecta, no siento terror ante la muerte, sino a extraviar mi memoria… Creo entender al escritor Sandor Marai, cuando opta por el suicidio, a los 89 años de edad, al percatarse de que aquel tesoro de la vida y de su arte literario comenzaba a difuminarse en eso que el poeta llamó “la artera ceniza del olvido”. No, –siempre recordado y presente lector–, no quisiera perder esa facultad que siento aún en mí activa y poderosa.

 

Concluyo con poéticas palabras:

“Entrar en la casa de la memoria es acceder a un laberinto, con sus claroscuros, vericuetos, espacios de pronto abiertos donde crece el muérdago de las viejas historias; entras en la casa del recuerdo y miras tratando de ver, escuchas tratando de oír, hueles tratando de aprehender aquellos olores que los tuyos destilaron; entras en los ámbitos de la saudade y avanzan sobre ti las siluetas que agitaron los días felices, los espectros de la pesadumbre, los trazos aciagos del dolor… Todo ello es una argamasa con la que construirás otra casa, otros sueños, esos anhelos que parecieron extraviados para  siempre en los rincones del tiempo y que jamás serán recuperados...

“Si entras en la casa de la memoria, desnudo como un impúber, no saldrás de ella indemne ni menos jubiloso; si eres al fin afortunado –nadie lo sabe antes de aquel trance– se posará sobre ti la verde mariposa de la esperanza”.

 

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