Opinión

Cocina Gallega

Manuel Corral Vide | 14 de enero de 2013

¿Cuánta poesía surgió en Isla Negra mientras Neruda observaba en estado de ensoñación, marinero en tierra como su amigo Rafael Alberti, La Medusa, uno de los mascarones de proa que atesoraba en el living de su casa, junto a barcos en miniatura, brújulas y un enorme globo terráqueo invitando a viajar? Me gusta imaginar que la Oda al caldillo de congrio habrá surgido, cual Venus del Pacífico, mientras el poeta y gourmet chileno elaboraba su plato preferido rodeado de objetos náuticos en su peculiar isla de tierra firme. Como se sabe, los mascarones de proa son figuras decorativas talladas en madera que llevaban los buques en la parte alta del tajamar. Su uso se generalizó entre los siglos XVI al XIX en los galeones que surcaron los mares, y fueron desapareciendo al llegar los buques de acero en las primeras décadas del siglo XX, aunque se mantienen en los buques escuela de las distintas Armadas Navales. En su momento tenían el doble objeto de decorar y servir como identificación a una marinería mayoritariamente analfabeta. Se pensaba que las figuras femeninas talladas en madera atraían la buena fortuna de los navegantes de los océanos. Los Vikingos colocaban figuras totémicas para espantar malignos espíritus marinos, mientras los griegos y fenicios instalaban representaciones de dioses para darle confianza a la tripulación y proteger sus aventuras. Según la tradición, los antiguos egipcios, griegos, romanos y otros pueblos de la antigüedad (y aun hoy pueblos orientales) pintaban ojos en las proas de sus naves para que el barco pudiese encontrar el camino más seguro sobre el mar. Más antigua aún, era la costumbre de colocar en la punta de la nave la cabeza del animal sacrificado en honor de algún dios al comenzar un viaje. Alguien, a esta altura de la nota, se preguntará qué tienen que ver los mascarones de proa con la cocina gallega, y la emigración. Pues bien, estamos escribiendo mientras en los medios de comunicación se enuncia el arribo inminente de la fragata ‘Libertad’, buque insignia de la Armada Argentina que soportó estoicamente en un puerto de África los embates nada heroicos de fondos de inversión. Recuerdo que el Imperio Español temblaba en sus cimientos cada vez que uno de los galeones cargados de oro americano demoraba su arribo al puerto de Cádiz, y que los Emperadores Romanos temían la rebelión del pueblo, y de su ejército, cada vez que los buques llenos de trigo provenientes de Hispania o Egipto eran interceptados por los feroces piratas del Mediterráneo. No nos olvidamos de la tristeza cuando partían los barcos repletos de emigrantes en Vigo, o la algarabía de los parientes que esperaban ansiosos en Buenos Aires su arribo. Ni de la expectativa de las mujeres y niños aguardando el retorno de las barcas de pesca en las costas del Cantábrico o el Atlántico. Lo primero que se verá de la fragata ‘Libertad’ será el palo mayor, el velamen henchido de orgullo marinero, y su mascarón de proa. Una bella escultura con un nombre secreto: Úrsula. Y una historia de amor, y manos gallegas que tallaron con paciencia y pericia el roble colorado, una madera noble que repele el agua, que no se deteriora. La imagen de mujer con los ojos fijos en el horizonte, los hombros al descubierto, un vestido de escamas, corta los mares en dos, se abre paso. Esa imagen fue soñada, y creada por un artista escultor nacido en las tierras de Breogán. Su nombre es Carlos García González. Él cuenta con voz débil que Úrsula fue su primer amor, la madre de sus tres hijos, y musa inspiradora para la figura que decora el tajamar de la fragata ‘Libertad’. La talla se realizó entre 1963 y 1964, en el Arsenal Naval de Buenos Aires, de Retiro, allí mismo donde el pontevedrés Pedro Cerviño y su Tercio de Gallegos repelieron a los ingleses durante la frustrada Invasión a Buenos Aires. Nuestro paisano, con 86 años y algunos achaques derivados de un accidente cardiovascular, dice con humildad y realismo que el mascarón ya no le pertenece, que dejó de ser suyo cuando lo dejó ir al mar, cuando su Úrsula, reproducida en seis metros de madera virgen, se transformó en sirena. Entrecerrando los ojos, García González piensa que su obra fue elegida entre otras porque “tenía la mirada erguida, estaba entregada al agua y al viento”. En sus noches en vela, mientras esculpía su obra, tal vez hubiera disfrutado los versos de Antón Avilés de Taramanco, gallego emigrado en Colombia 20 años, y fallecido en 1992 en su Noia natal, a quien en 2003 se le dedicó el Día das Letras Galegas: “Hoy amiga quiero soñarte desnuda, / desnuda como un cristal en la oscuridad. / Es primavera en Noia, y la noche / será una larga mina de diamantes. // (…) Es primavera en Noia y ando lejos / yermo en mi dolor delante de la noche: / montañesa de los Andes, con que gozo / aprieto tu mano extraña y única”. Que todos los argentinos, al ver la figura de Úrsula cortar los mares y acercarse al puerto de Mar del Plata con decisión y entrega, se unan en un abrazo fraternal.


Almejas a la marinera-Ingredientes: ½ Kg. de almejas, 100 grs. de cebolla picada, 2 dientes de ajo, 1 cucharada de fécula de maíz, 4 cucharadas de vino blanco, perejil picado, sal y pimienta. Aceite de oliva.


Preparación: Lavar las almejas, ponerlas en una cacerola con un poco de agua, y tapar. Echar en un colador y separar las que no se abren. Rehogar en el aceite la cebolla y el ajo, incorporar las almejas, echar el vino, dejar que evapore el alcohol, poner una taza del agua de cocción. Salpimentar con moderación. Incorporar el perejil, sartenear. Poner la fécula para espesar un poco la salsa. Servir acompañando con gajos de limón.

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