Opinión

Chávez

Roberto Mansilla Blanco | 11 d octubre d 2012

Resalta el hecho que, observando un contexto internacional de tensiones y presiones y tras catorce años en el poder de un país fuertemente polarizado como Venezuela, Hugo Chávez Frías obtenga una cuarta reelección presidencial de una manera tan incontestable como sólida.
Las cifras señalan que un 55 por ciento del electorado venezolano sigue respaldando el proyecto revolucionario, socialista y bolivariano impulsado por Hugo Chávez desde su llegada a la presidencia en 1999. Con casi siete millones y medio de votos, Chávez ganó en 22 de los 24 estados a nivel nacional, un hecho que refuerza aún más su liderazgo.
Insisto en que resalta esta reelección porque un tiempo tan prolongado en el poder, constantemente amenazado por una fuerte polarización en un país dividido y sometido bajo el acoso exterior por parte de los principales centros del poder mundial, son variables que normalmente tienden a desgastar a un líder y a su gestión de gobierno. El resultado electoral del 7/O parece, en principio, contrastar este hecho.
Y no es que el ‘chavismo’ no haya sufrido un lógico desgaste y una inevitable erosión en estos 14 años de gobierno de Chávez. Una explicación sucinta está en esos más de seis millones de votos, casi el 45 por ciento del padrón electoral, alcanzado por una oposición cuyos retos se focalizan ahora en mantener una incierta unidad política, cuyo liderazgo ha sido legitimado por un proceso democrático y cuya orientación aparentemente parece transitar por canales legales y constitucionales.  
Comparado con los procesos electorales anteriores, se puede inferir que las elecciones del 7/O mostraron un cierto trasvase de votos del chavismo hacia la oposición. Por tanto, se anuncia ahora un nuevo tiempo político para Venezuela, repleto de escenarios abiertos, retos e incertidumbres.
Pero lo que más resalta (y no deja de contrastarse desde otras ópticas de la realidad) es la indudable vigencia del proyecto de Chávez, liderando una opción ajena a la tendencia mostrada por la globalización marcadamente neoliberal e imperante en las tres últimas décadas. Nadie puede dudar que la vitoria electoral de Chávez en 1999 supusiera el primer síntoma de rebelión contra la globalización neoliberal. Por tanto, retomar las banderas del socialismo bajo nuevas vertientes, manifestadas en la democracia participativa y la inclusión social, evidencian un cambio tectónico si tomamos en cuenta que proviene de un país como Venezuela, tradicionalmente “periférico” del sistema internacional, con una incidencia menor en los asuntos mundiales.
Se puede obviamente ofrecer un panorama de claroscuros sobre la gestión de Chávez y el impacto del Socialismo del Siglo XXI. La masificación de la participación política, la identificación de las clases populares como actores históricos, las misiones sociales gratuitas, los avances en educación y salud, reconocidos internacionalmente, son bastiones que apuntalan este proyecto de cambio. Pero otros problemas crónicos, graves y específicos de la realidad venezolana como la inseguridad ciudadana, el deterioro de los servicios públicos, la excesiva dependencia del petróleo o una polarización social que parece eternizarse, son signos evidentes que ponen a prueba la viabilidad de cualquier proyecto.
Puede que el nuevo momento político venezolano abra el compás de escenarios que pongan a prueba la madurez del chavismo y de la oposición. El clima de civismo electoral y la cordialidad mutua en el primer contacto entre Chávez y el líder opositor Henrique Capriles Radonski dan muestras de que el diálogo siempre es fructífero cuando se reconocen y respetan las diferencias. Y Venezuela sigue, inalterablemente, siendo un país abiertamente dividido, cuyas deudas pendientes se visualizan en que esos ‘dos países’ se reconozcan y se respeten. La polarización y la división obstaculizan la vigencia de cualquier proyecto de desarrollo, de cualquier política o de cualquiera ideología.
La inobjetable reelección de Chávez podría ser interpretada como una legitimación para profundizar aún más el proyecto socialista para el próximo período presidencial 2013-2019. Esto generará ilusión en diversos sectores y mayor tensión y polarización en otros. Obviamente, el estado de salud del presidente será el factor político más influyente, el cual puede abrir el compás hacia la eventualidad de una sucesión dentro del chavismo que, inevitablemente, también generará tensiones y luchas intestinas por el poder. Por tanto, el próximo período presidencial podrá a prueba cuál es el grado de madurez política entre todos los actores de la vida pública venezolana.
Pero lo que parece claro es que Chávez ha cambiado la cultura política venezolana y, por tanto, ha removido los cimientos del país. Colocar a la pobreza y la inclusión social como elementos primordiales y básicos de cualquier proyecto de desarrollo nacional es el cambio, la ‘revolución’, más importante impulsada por Chávez. Su reelección 2012 parece confirmar esa presunción pero también refleja que el país, inexorablemente, ha cambiado, una realidad que nadie puede esconder o desconocer. Descifrar el alcance de este cambio y propiciar un acercamiento y una reconciliación que se presume vital son los verdaderos retos que se abren ahora para Venezuela.

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