Opinión

Canto a la paloma

Rafael del Naranco | 08 de octubre de 2012

Hoy estas líneas son para ti. Nadie sabe tu nombre hecho de albahaca y perejil. Es nuestro gran secreto.
Voy a tu lado despacio, con miedo de que el tiempo nos entretenga y nos haga escuchar su canción de los alfóncigos en flor. Cruzamos la acera para despistarlo. La gente me mira con asombro al escucharme hablar solo, pues nadie sabe que vas a mi lado envuelta en sombras y voladuras de estrellas.
Todo en ti es savia, hasta tu sana y raudal desenvoltura, pero tengo un extraño presentimiento: te canso. Tus ojillos han comenzado a cerrarse y esa tierna cabecita de azabache que siempre me ha olido a heno y tomillo, quedará inclinada sobre mi brazo. Duerme. ¡Qué bella estás con esos dos huequecillos formados al final de los pómulos rosados! Si es posible, sueña, y en ese tejer dulzuras deja algo para este ser que te hizo de un poco de trigo y hierbabuena. También con jirones de mi alma titiritera.
¿Escribo enredado? Posiblemente sí.
Como siempre, al cerrar los ojos, de regreso a la vereda de la calle solitaria, abandonada y fea, a la que por costumbre he comenzado a amar, siento en alguna parte de mi alma el cosquilleo ondulante de tu presencia invisible. Aún así, hueles a lavanda, hojas de albahaca, melisa, menta, laurel... todo, frutos de la tierra consentida, mis hierbas más secretas.
Llego al apartamento, ahora pintado de amarillo, ese tono ambarino de claridad casi reluciente, y todo parece distinto, es como si la luz extendida entre los matices de los cuadros, los libros, las plantas y hasta los platos repujados traídos de muchos viajes y colgados en las paredes, tuvieran un reluciente esplendor propio.
Ignoro la causa, pero he pensando hoy en ‘Tristano muere’ de Antonio Tabucchi. El escritor italiano que, como uno, tiene obsesión de los ocres y azules de Toscana. Él asume esos matices fuertes más cerca, yo solamente por retazos perdidos. Uno sueña con tierras que conoce poco, y en este caso concreto el desliz es de Curzio Malaparte.
Algunas veces me he dicho, como Tristano, que no hay que leer ni escribir. Los escritores inventan demasiado, no reflejan la verdad o por lo menos la autenticidad de la vida. ¿Quién puede expresar en palabras la amargura del sufrimiento o la soledad?
Tristano tiene razón, y no por saber, sino porque la muerte, su gangrena en la pierna ya carcomida le hace ver, escarbar dentro de sus propias entrañas… “de la vida es más lo que no recordamos que lo que recordamos”… Puede ser una sentencia fallida, pero encierra una certeza casi mística. El recuerdo nos disminuye y nos delata.
La muchacha de la historia no lo sabe, pero un día también será olvido apasionado, se tornará albahaca y perejil para mis labios.

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