Miércoles, 08 de febrero de 2012 3:33
Hombres de hoy

Se vive de incontables maneras para bien o mal, aunque siempre agarrados, como la hiedra en las altas tapias húmedas, del ineludible pasado.
Al transcurrir el tiempo forzoso, una hendidura acorrala el espíritu y pensamos en los alejados días convertidos en bruma. Y uno, como el poeta, exclama: ¿Somos los hombres de hoy aquellos niños de ayer?
La existencia nos ha ido colocando en un preciso momento ensueños y querencias. Más tarde, a una velocidad endemoniada, crecieron a nuestro lado espinas, cardos, nostalgias del tiempo marchitado y ausencias a raudales.
Habiendo cruzado con creces el epicentro de la vida, solemos leer con avidez todo aviso hincado sobre la posibilidad de hacer frente a las enfermedades devastadoras. No se trata de aprensión; al final se muere como se ha vivido, pues los años solamente son una permanente carrera de persistencia.
En cierta manera, todos anhelamos llegar a la vejez más perdurable, y sin embargo a nadie le agrada ser llamado anciano; se usan docenas de potingues o pretextos para mantener la virilidad a la altura de las circunstancias; deseo, gracias al cielo protector, poco abundante a partir de cierta edad.
Es bien conocida la importancia de los ejercicios atléticos para mantener el cuerpo en sanas condiciones, pero curiosamente la alimentación adecuada y una vida tranquila, aseguran la longevidad, aunque menos de lo que nos gustaría, según la genética, pues al decir de un investigador: “Nosotros no estamos intentando encontrar la fuente de la eterna juventud. Sólo deseamos hallar la forma de envejecer bien, con menos padecimientos y manteniendo en las mejores condiciones el cerebro”.
Y hete aquí hoy, al alba de este día con olor a camuesa y juncos frescos, entre pensamientos de lejana infancia y sabores de madurez ya cobijada en la despensa del alma, hemos hecho el único ejercicio que en verdad con certeza sabemos realizar sin equivocarnos y hasta placenteramente: recordar el pasado.
Don Francisco de Quevedo tuvo dos grandes y persistentes pasiones a lo largo de su intrincado viaje por los caminos y bifurcaciones de la corte de Felipe IV: la política y la literatura. Sobre la primera somos deudores permanentes, aún morando en el intestino de su alocada y pasmosa entelequia. Con la parte literaria, nos llevamos bien; ella templa las más grandes ansias, y así, sobre nuestra piel arada en surcos, un gorrión picotea semillas de vivencias, pues no hay la menor duda: hemos amado y sonreído.



















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