NACIDA EN VENEZUELA, FORMA PARTE DE LOS DESCENDIENTES DE GALLEGOS BENEFICIARIOS DE LAS AYUDAS AL RETORNO EMPRENDEDOR

Náyade Bravo: “La gente no entendía por qué quería hacer kombucha en Galicia, pero me ayudó mucho”

| 28 Julio 2019 - 23:26 h.
Náyade Bravo, con su marido y su hija, en brazos.
Náyade Bravo, con su marido y su hija, en brazos.

Así como la tierra gira, la vida de las personas también da muchas vueltas. Una puede nacer en Venezuela, trasladarse un tiempo a vivir a Estados Unidos y recalar en Galicia para vender productos fermentados de fabricación propia, mientras sueña, y se emociona, con la idea de regresar a su país de origen. Es el caso de Náyade Bravo, ejemplo de descendiente de gallegos con espíritu emprendedor que ha creado su propio negocio en la comunidad autónoma, después de una trayectoria profesional de éxito que, a sus 38 años, la llevó a recalar en Noia, donde guarda gratos recuerdos de infancia.

Estudió Administración de Empresas en Venezuela; trabajó durante un lustro en el negocio que su abuelo tiene en Caracas; a la edad de 24 años se trasladó a vivir a Miami (Estados Unidos), donde también se empleó y cursó una maestría en Comercio Internacional; viajó a China, India, Guatemala..., y actualmente se encuentra residiendo en Noia con su esposo, su hija y su madre –su padre ya falleció–, y tratando de sacar adelante el original negocio que acaba de poner en marcha en el mencionado municipio coruñés, dedicado a la comercialización de productos fermentados, principalmente kombucha.

La iniciativa le está resultando gratificante porque Náyade es de esa clase de personas a las que le gusta poner el alma en lo que hace, hasta el punto de que bautizó su negocio con el nombre de Meraki, que significa precisamente eso, hacer algo con el alma.

La idea surgió hace poco y de alguna manera, por casualidad.  Durante el tiempo que residió en Miami tuvo la oportunidad de desarrollar negocios propios, pero también de trabajar para importantes multinacionales, que le pusieron en contacto con China, país que despertó en ella nuevas sensaciones y le abrió las puertas a “un mundo que no conocía, que es el de la cultura del té”, asegura. Así que, de cada viaje, regresaba con té y llegó un momento en el que “tenía demasiado té en mi casa y no sabía qué hacer con él”.

Pero toda madera tiene su aprovechamiento y de aquel almacenaje surgiría la idea de la pequeña industria que hoy regenta en Noia, a la que le condujo, en gran medida, el ritmo estresante que impone el residir en Miami, que le llevó, primero, a introducirse en el mundo del yoga y a entrar en contacto con gente con un estilo de vida diferente al suyo, y, más tarde, a acudir a retiros donde se le inculcaba una filosofía de vida más sosegada y a viajar a la India y a Guatemala, de donde se trajo la idea de elaborar kombucha. 

Se atrevió a probar en casa con el té que tenía más que de sobra y parecía que la cosa tenía éxito, no solo porque era algo agradable al paladar, sino porque, al tratarse de una bebida probiótica, se le estaba dando al cuerpo un componente saludable.

Durante un tiempo compaginó su trabajo de consultoría con las clases de yoga, pero más adelante se dedicó a esta actividad cien por cien, hasta el punto que estuvo dando clases de yoga durante tres años.

Por entonces, el estrés había hecho mella también en su marido, y ella no sabía muy bien lo que quería hacer, por lo que decidieron viajar a España con su hija de tres meses a explorar el terreno. Después de esa corta experiencia, regresaron a Miami y, de nuevo, vuelta a España, a Galicia, concretamente, a Noia –donde sus abuelos tienen un piso en propiedad–, para pasar el verano y aclarar las ideas. Fue entonces cuando comenzó a ver la luz.

“Yo veía que lo de la fermentación podía ser una buena alternativa. Había un mercado que no estaba muy explotado aquí, que era el de los alimentos fermentados” y había que aprovechar la materia prima, que es “excelente”. Además, una vez en la Comunidad, se topó con una grata sorpresa y es que en la provincia de Pontevedra se da una importante plantación de té. 

“Tener esa idea fue como darme cuenta de la belleza que había aquí en Galicia, de cultivo de todo, de fresa, de zanahoria, de patata”, y, por encima, “¡había té!”. “¡Fue maravilloso para mí saber de eso!”.

En 2017 comenzó a gestar la idea de crear su pequeña industria y en marzo de 2018 se dio de alta como autónoma. Alquiló un local de unos 90 metros cuadrados en Noia y compró los equipos de fermentación, además de una embotelladora semiautomática y una bomba hidráulica para limpiar los tanques. Cuando empezó a fermentar –algo que hace “de forma bastante artesanal”– se dio cuenta de que no era una tarea nada fácil, que una cosa era hacerlo en casa y otra, para comercializar. Por eso, se tomó su tiempo para no cometer errores y combinar sabores que fueran aceptables y, en febrero de este año, comenzó a mostrarlo al público. En marzo y en abril empezó a vender poco a poco a la gente del pueblo y de confianza y actualmente sus productos se pueden adquirir en más de 40 establecimientos de Galicia. En parte, gracias a la colaboración de ‘Mulleres Atlánticas’, “una comunidad muy bonita” de mujeres emprendedoras del noroeste de la Península Ibérica, “que quieren hacer cosas preciosas en Galicia” y que le ha abierto las puertas al mercado, informándole de aquellos lugares en los que puede tener cabida el kombucha.

Por eso, se muestra muy agradecida a este organismo, así como a la Cámara de Comercio de Santiago y a la Universidad compostelana, por su colaboración para poner en funcionamiento un negocio tan peculiar y con tan poca tradición en Galicia. 

“Cada uno me daba ayuda como podía, porque yo no entendía este mundo que era nuevo para mí”, dice, en lo que se refiere a las cuestiones administrativas –entre las que se incluyen las Axudas ao Retornado Emprendedor de la Xunta–, tan distintas de lo acostumbrado en Estados Unidos o Venezuela.

Su meta para finales de año es llegar a los 2.000 litros de producción, teniendo en cuenta que en julio consiguió 800 y que en agosto podrá alcanzar los 1.000. El negocio va “creciendo todos los meses, porque la demanda va creciendo”, asegura, respecto a unas bebidas que cada vez están teniendo más aceptación y que aspira a que se generalice su consumo como alternativa al vino, la cerveza o los refrescos.

Después de dos años de estancia en Galicia, su sensación es que “la gente se acerca y te ayuda” y que todo es muy distinto a lo vivido en Miami, donde “la ciudad está tan colapsada, que la gente no tiene tiempo para ayudar a nadie”. Por eso, “la bondad que he recibido en Galicia no se encuentra en todo el mundo”, confiesa.

“Al principio –comenta–, no entendían por qué quería hacer esto aquí”. “Mucha gente, incluso en Sanidad, me decían que estaba loca, pero que me iban a ayudar”.

Otros, sin embargo, “mostraban mucha curiosidad” y se acercaban para conocer con detalle la iniciativa. Pero está resultando “muy bonito” y la experiencia, “supersatisfactoria”, porque esta venezolana de orígenes gallegos, lo que hace lo hace “con cariño”.

Sobre la idea de establecerse en Galicia definitivamente, no lo tiene nada claro. La voz le sale entrecortada al hablar de ello. Y es que “todo emigrante sueña con volver a su tierra”. Pero “no lo sé, a lo mejor, a los 70; a lo mejor, por entonces, no me llama la atención, como le ocurre a mis abuelos, que por el clima ni se lo plantean”.

En Galicia parece sentirse muy a gusto, y eso que su familia le advirtió que no permaneciera en el lugar más allá de octubre, pero pasó el invierno y volvió otra vez el verano, y “conozco emprendedoras impresionantes”, dice, por eso, “no me puedo ir de aquí. Pasan cosas demasiado buenas en Galicia. Es como una joya que no está muy explorada” y “Meraki es una empresa muy gallega. No la vería en ninguna otra parte de España”.

Con todo, no descarta desplazarse a una ciudad a vivir, porque se considera mujer de ciudad, pero confiesa que también le gusta el medio rural y mantener el negocio en ese entorno, que atrae cada vez a más personas del exterior dispuestas a instalarse en el mismo lugar de origen de sus padres o abuelos, para lo que el departamento de Emigración del Gobierno gallego contempla incentivos específicos. 

 

Un 7% más de retornados

En 2018, retornaron a Galicia un total de 7.024 personas, (un 7% por encima del año anterior), según el Instituto Nacional de Estadística. De ellos, 5.649 (más del 80%) son menores de 65 años y 3.742 (más del 53%), tienen menos de 45. 

El retorno a Galicia se multiplicó por más de dos en los últimos diez años, al pasar de los 3.085 registrados en 2009 a los más de 7.000 de 2018, y solo en la última década retornaron a la Comunidad más de 40.000 gallegos, tanto de nacimiento como descendientes.

El saldo migratorio en Galicia fue positivo en el año 2018 en 13.136 personas, de las que 7.014 son menores de 30 años. Con respecto al resto de España, el saldo creció un 220,57%, dejando unas cifras positivas de 252 habitantes.

Por lo que respecta al número de gallegos residentes en el exterior, aumentó hasta llegar a los 519.646, mientras siguen disminuyendo (-2.549 personas) los emigrantes que nacieron en Galicia y salieron al extranjero.

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